viernes, 10 de octubre de 2008

Después de la tormenta

Sentada a la orilla de mis pensamientos,
apenas rozando con la mirada
llena de paz,
contemplo en esta quietud
lo que ya queda encerrado
en el marco de esta nueva vida,
algo extraña aún,
algo ajena que se empeña
en hacerse genuinamente mía,
como mi sombra.
La acepto, la acojo
y la siento a mi lado,
y juntas contemplamos
lo que hace un tiempo fue
sólo un hueco vacío e inhóspito
después de la tormenta.

Ya asoman las primeras espigas,
y tiemblan mis pupilas sumergidas,
emocionadas en su fragilidad,
humedeciéndose
y haciéndose espejos de agua
para el nuevo paisaje
que nace silencioso y quieto.
Del horizonte viene hacia mí,
como tocándome apenas
con la yema de sus dedos,
una luz suave que promete
hacerse más rotunda e invadirme,
para empaparme con su resplandor,
para teñirme de su color de oro rojizo,
para quemar definitivamente
las sombras anidadas sin permiso
en mi corazón.

Mis ojos se prepararán
para recibir el verdor del prado
y la versatilidad de la vida
que se despliega,
entregando gratuitamente
todos sus dones y atributos.
Sé que habrá un árbol imponente
y generoso en su follaje,
que me acogerá como un padre
a la hora del refugio y la contemplación,
a la hora de la sabiduría
y de la meditación,
y se hará templo majestuoso
en la oración.
Repondré mis fuerzas
para la próxima batalla
y purificaré mis vestiduras al regreso,
empapándolas de perfumes
que destilen de los frutos y flores
de la tierra fértil y humedecida
por el rocío amoroso y cauteloso
de mi corazón rebosante.

Se abren los velos,
despojando el silencio
y la oscuridad en el centro de mi ser,
en el Santísimo que espera
mis alabanzas y mi canto jubiloso
y lleno de gratitud para quien
ha aguardado junto a mí el amanecer.