Después de suspirar malhumorada, apretando los puños y cerrando con rabia los ojos, me tomé unos segundos más frente a la puerta, tratando de disipar mi tensión y sin lograrlo del todo, estiré el brazo, rígido y torpe para alcanzar el timbre y anunciar mi llegada.
Acerqué mi oído al parlante y lo sentí descolgarse, pero a nadie del otro lado. Tras unos segundos, la voz melodiosa de mi amiga finalmente se hizo oír.
-Hola?...
-Soy yo...
Y antes de pronunciar mi nombre ella ya me había reconocido, seguramente por mi tono seco, pues sabía que yo no quería ir a esa fastidiosa fiesta y me interrumpió, siempre lo hace:
-Querida!, pasa!
El sonido del seguro me asustó un poco, aún sorprendida y nuevamente enojada, empujé la puerta y entré con un paso resignado.
-Mierda, ya no hay vuelta atrás. Pensé.
Sentí los pasos apresurados de mi amiga que se aproximaba a recibirme en el hall.
Adivinó mi ánimo tras mi sonrisa forzada que dibujaba una línea recta de labios apretados sobre mi rostro lavado, ojos muy abiertos mirándola fijamente y cejas levantadas, como preguntando: ¿ya, estás contenta ahora?
Como era de esperarse, trató de ignorar mi enojo y con esa carcajada cantarina y algo ridícula me abraza, me atrae hacia la puerta del salón, mientras me dice que se alegra de verme.
Yo no soporto esa manía de algunos por tratar de ayudar haciendo lo que más odio en momentos como éste y me manipulan tratando de sacarme de casa y exponerme frente a un montón de gente que se pasa toda la velada hablando de lo feliz que están, lo bien que les va, lo grande que están los niños, para pasar luego a temas como: la tienda en donde compró esos zapatos, un tipo estupendo que la miró en el bus, el bochornoso error del lector de noticias al cambiar el nombre del candidato de derecha, por el de izquierda, etc. y nadie imagina el tormento que vivo internamente mientras escucho sus boberías, esta sensación de vacío y de tiempo detenido, de oscuridad y pérdida del sentido, esta sensación de estar muerta en vida y de donde es imposible salir, por más que me rodee de gente que parlotea casi sin mirarme.
Finalmente me agobié, salí del salón y me refugié en la cocina, y aprovechando que no había nadie y los sirvientes habían salido con las bandejas llenas de bocados, brochetas con frutas y copas de vino, tomé una copa limpia que aún quedaba en el mesón, me apresuré en descorchar un Merlot que estaba en un costado y me serví una copa llena, hasta el borde y me la llevé a los labios, olvidando mi ritual de cata y tomé un gran sorbo que, por cierto, no resultó nada agradable.
Tratando de recuperarme, estiré los labios con una mueca de asco y sacando la lengua, suspiré, miré la copa como tratando de concentrarme en ese líquido que ahora podía apreciar en su rojo rubí intenso, frutoso; en nariz, madera de Roble; en boca, aterciopelado de acidez y taninos medios.
Fue un momento mágico, donde la angustia, la tensión y el enojo se disiparon por completo, me sentía flotar, viva, presente y comencé a recordar quién era. Intenté prolongar ese momento, dejándome llevar por mil sensaciones que me traían recuerdos de otros tiempos, incluso la niñez.
Logré escapar de mi jaula y volar a otras nubes, otros aires, donde antes fui feliz y me sentía amada, donde era valiente, fuerte y dueña del mundo.
En un momento me desconcentré, observé la cocina, su amplitud, sus muebles pulcros, las bandejas de plaqué relucientes, prontas a ser llenadas y recordé la cocina de mi abuela con azulejos verdes de bordes blancos que hacían veces de rejilla para jugar al luche con una lata de betún, mientras ella revolvía la olla o preparaba mi leche con Milo y pan francés con manjar casero. Entonces, me desmoroné. Sentí la distancia abismante entre mi infancia feliz, despreocupada y segura contra mi presente de mujer frustrada, miedosa y que se odia a si misma.
Rellené mi copa nuevamente, pero ya no servía catar el vino, se adormecen los sentidos y es imposible volar, el cuerpo se siente cada vez más pesado, te sientes perdida, sumida en la tristeza y tratas de que no te importe nada, deseas sacarte esa pesada mochila llena de piedras que te hablan de los años perdidos, los sueños ahogados por los miedos y las excusas, tu vida infructuosa, el fracaso, la soledad, la infinita soledad.
Miré el piso de la cocina tratando de reconocer los azulejos de mi infancia, pero no di con ello, sólo divisé mi reflejo sobre el mármol negro de cuadros interminables e imaginé mi abismo y a mi cayendo en el.
Miré mis zapatos celestes que enfundaban mis pies de talones separados y dedos apuntando hacia el centro y entendí que había que huir. Levanté la mirada buscando una salida, finalmente di con una puerta que daba a un patio trasero y escapé, corrí con el corazón en la mano, aterrada. Ya en la calle, corrí a tomar el bus, subí de un salto sintiéndome a salvo, ya estaba de regreso y mientras más me acercaba a mi destino, el nudo en la garganta se hacía más grande, hasta el ahogo y el dolor. Pero ya estaba a salvo, no importaba detener la respiración, ni sentir la boca seca y las sienes palpitando, ya estaba a salvo, de vuelta a mi jaula.
Faltaba poco, sólo bastaba correr a la puerta, sacar las llaves, abrir en tres movimiento mecánicos y precisos, cerrar luego tras de mi y al fin, llorar, llorar amargamente dejando caer el bolso y las llaves, cerrar el pestillo, caminar al dormitorio y tumbarme en la cama y seguir llorando, ahogarme, apretar los puños, hundir mi cara contra la almohada y llorar a gritos sordos hasta el cansancio, hasta dormirme con el abrigo puesto y los zapatos celestes, con los talones separados y los dedos apuntando al centro.-
