Fue una sensación extraña de desamparo, cercana a lo que, imagino, sería enfrentarse a la muerte.
La calle invitaba a la imaginación deslizarse por laberintos sombríos que conducen a los sentimientos más aterradores y paralizantes.
Las imágenes difusas de la noche convocaban al miedo, la angustia y el mal presentimiento de que la tragedia se desataría ante mí.
Comencé a sentir un sudor helado recorriendo mi espalda y el pecho se hacía estrecho para un corazón que parecía a punto de explotar en cualquier momento.
Mis pupilas se dilataban tratando de distinguir la figura de alguien que comenzaba a asomarse desde el callejón lleno de escombros y alguna rata que olfateaba una lata, que solo logré adivinar por su sonido metálico contra el cemento.
La figura ya estaba ante mí, justo debajo de un rayo de luna que reveló parte de su abrigo, tal vez dos tallas más grandes que su cuerpo y sobre su pecho, rodeando el cuello, un abalorio que creí reconocer de las ferias callejeras del pueblo.
De pronto, el rayo de luna se hizo más intenso y una sombra, que doblaba el tamaño de la figura, pareció cubrirla y hacerla desaparecer.
Afirmar ahora que se tratara de una abducción, sería abjurar de mis creencias, pero la vida tiene algo de ciencia ficción cuando te sorprende de noche, en un callejón lleno de escombros y alguna rata olfateando una lata, que solo logras adivinar por su sonido metálico contra el cemento.
